Llevaba una vida,
o quizá solo un año
esperando la cita con el mar.
Yo llegué a la orilla
y él me esperaba como siempre,
cantándome la misma canción,
con las mismas curvas azules
y los mismos rizos blancos,
y la misma colonia,
y la mirada del que no ha olvidado.
Me senté en la arena,
con la que el mar llevaba una eternidad quedando,
subiendo y bajando por su cuerpo
para pintarla de tonalidades,
y llevarle vida,
haciendo de sus abrazos
el regalo del tiempo
y la imposibilidad del horizonte.
La luna,
menos inocente de lo que parece,
le prometió al mar la luz en la noche,
y él le juró su reflejo,
y juntos se olvidaron de la arena
y sus gemidos fueron testigos
del grito eterno de la marea.
Puse un pie entonces
y vibraron todas las espinas
de todos los seres que hacen pausa en el mar,
las olas lloran
y cubren las heridas de sal,
y los marineros saben bien
que las aguas calmas del ayer
nos fundieron el alma,
y hoy vuelven bravas
a rugirle a las piedras,
porque saben,
que algún día,
no volveré.
o quizá solo un año
esperando la cita con el mar.
Yo llegué a la orilla
y él me esperaba como siempre,
cantándome la misma canción,
con las mismas curvas azules
y los mismos rizos blancos,
y la misma colonia,
y la mirada del que no ha olvidado.
Me senté en la arena,
con la que el mar llevaba una eternidad quedando,
subiendo y bajando por su cuerpo
para pintarla de tonalidades,
y llevarle vida,
haciendo de sus abrazos
el regalo del tiempo
y la imposibilidad del horizonte.
La luna,
menos inocente de lo que parece,
le prometió al mar la luz en la noche,
y él le juró su reflejo,
y juntos se olvidaron de la arena
y sus gemidos fueron testigos
del grito eterno de la marea.
Puse un pie entonces
y vibraron todas las espinas
de todos los seres que hacen pausa en el mar,
las olas lloran
y cubren las heridas de sal,
y los marineros saben bien
que las aguas calmas del ayer
nos fundieron el alma,
y hoy vuelven bravas
a rugirle a las piedras,
porque saben,
que algún día,
no volveré.
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