Nunca más hierros en las manos,
nunca más las alas cortadas,
nunca el dolor arrastrado por las cordilleras,
ni el llanto azul
como la tinta pérdida,
ni la última gota de mi sangre,
ni los mares de azufre y olvido.
Nunca más esclavo de mí mismo,
ni dueño ni señor de ningún sitio,
nunca más atrapado de tesoros,
ni sueños de oro, ni soñarme contigo.
Nunca más plebeyo,
más listo,
más sano,
nunca más cortejar con mis ojos
la desgracia de otros ojos de llorar cansados,
nunca más pedir perdón,
ni saludar cuando llegue,
ni despedirme cuando me vaya,
ni nadie que me recuerde
aunque aún le duelan mis palabras.
Nunca más ser menos
ni menos ser siempre,
qué siempre piensa en nunca,
cuando nunca no vuelve.
Nunca más romper nada
ni nada que me rompa las ecuaciones,
ni despejar las dudas,
nunca andarme con preguntas
ni pararme a entender las intenciones,
nunca más ser nadie para alguien
y alguien para nadie,
ni nada para algo
ni algo para nada,
nunca más ser imperio,
ni sucumbir al trono del aire,
ni arrodillarme ante la luz,
ni acostarme con la noche,
nunca más ser preso del tiempo
y ponerle los cuernos con el viento,
y susurrarle mis deseos,
y acomodarle mis dolores.
Nunca más decir nunca
ni nunca decir más,
nunca más llorar solo
ni solo llorar más,
nunca más romper la poesía
ni recorrer sus dientes perfilados,
y su postura diferente cada día,
nunca más llevarme la flor
ni verla marchitarse,
nunca más dibujar dimensiones
qué acoten en variables
el sórdido sueño,
ni adorar imágenes,
ni tocar texturas,
nunca más ser chantaje,
ni orégano, ni comino,
nunca más ser parte galante
del chiste de la vida,
nunca más llegar a la meta
y conformarme como antes,
sin enamorarme del camino.
Nunca más pensar
qué no volveré a equivocarme.