domingo, 18 de noviembre de 2018

Por Ella

Aquí he venido a por ella,
y aunque el mundo ha corrido
mi cuerpo la sigue buscando.

Quiero preguntarle por los almendros en flor,
y rogarle el secreto de la primavera
para plantar las cuatro esquinas de mi cuarto.

Quiero cosechar las espinas
de los pescados nupciales, 
o tal vez solo una rosa que no sea suya,
o un pétalo que bien le valga
sujetar la sangre 
de sus tibias manos.

Aquí he venido a por ella,
a descubrirle los susurros
que la marea me grita,
y a cantarle los mundos
qué recorrí por su nombre.
Y por su nombre 
abrí nuevas páginas,
crecí enfrentando seres,
pausé los significados,
y pesqué en mis redes 
la duda eterna de ser hombre.

Las cabezas de reyes que corté,
son solo inviernos que pasé
para sufrirlos de noche.


El reflejo del mar y la luna
es bandeja de plata,
dónde amar es ofrecer,
y ofreciendo amor se mata, 
dónde ofrecerte,
es perderse 
yendo a un puerto,
que los mapas no alcanzan .

Aquí he venido con un verso
quejado de circunstancias,
mi pobre cinto maltrecho 
de garras destrozado,
habrá de ser prueba
de que al menos 
morí intentándolo,
aquí he venido con lágrima rota
y la cojera de unos ojos cansados,
aquí he venido,
a esculpirte los tallos,
y hacerte alfombras de hojas secas,
qué anuncien 
entre las sendas
los llantos de un viejo árbol,
y el consuelo que deja tu paso.

Aquí he venido,
al centro 
de algún sitio 
en el que la poesía
me mira,
yo le devuelvo la mirada,
y cómo buen poeta:
roto,
muy roto,
finjo
qué puedo vivir sin ella
y no pasa nada.
De la inteligencia nacieron altivos
cómo nace la nieve en la montaña;
sola y desnuda en las altitudes.


Su perspectiva es la de un mar de horizontes.
Su mirada, la de una infinidad de posibilidades.


Plagas de serpientes 
van golpeando sus caderas,
el gemido de un niño
ruge y las espanta
-Al menos un rato-
y sus silbidos ensordecen,
como una sábana sobre un cadáver.
Y la naturaleza lanza sus dados 
demasiado lejos
para ver lo que sale.


Yo me atrevo entonces
a pintarle los pétalos de nácar,
a regalarle los sonidos
que los oídos no alcanzan,
a ser viento arrodillado ante su altar,
a darle forma a sus ojos,
a derretirle las entrañas,
a vestirla de trigo
para cosecharla de plata,
a advertirle del tiempo
y su secreto más jodido;
De noche solo vive
lo que muere antes de mañana. 


Y a cada ladera
se desploma un corazón roto,
el sueño abatido
de un hombre bueno,
y en la cima pendiente
quedan otras importancias,
Y mi grito no vale nada
Cuando la música sube,
y la muerte me abraza.
La gente está gritando
y no entiendo que dicen
son solo milagros
para la suerte de unos,
y llantos
para la suerte de otros.

Hay un niño
sentado en la acera,
sus ojos son
azules como el mar,
sus mejillas
pálidas
como la mañana blanca
en que el abatido corazón del hombre
conoce la muerte,
sus manos,
encalladas de dolor
parece que no pudieron
arruinadas de intentos,
sujetar la ilusión,
y su carita tiembla al son de lo gritos,
y desprende en lágrimas una ola de frío
que cubre la ciudad,
-yo miro desde algún lado
y se me congela el corazón-
su torso
apenas erguido,
sujeta una pared rota,
sus piernas le delatan
el eterno camino del hombre;
- yo miro desde algún lado,
y se me congela el corazón-

Pobre chiquillo,
pobre criatura
que has venido a conocer el mundo,
y te encontraste
con la falta sensación
de sentirte difunto
entre rosas
y besos del algodón.

Pobre muchacho,
de cenizas tu canción
viniste a ver
pasar las partituras de la vida,
y te encontraste como yo,
un papel,
algo de tinta
y musica en el corazón.

jueves, 1 de noviembre de 2018

I won't run

No, yo no.

Aunque el viento también me quema,
y las entrañas también me arden desde dentro.
Pero yo, no.
Aunque también me suenen a miel las promesas
y el aire claro me de miedo,
aunque me bendigan frailes la cosecha
aunque acudan en un segundo el cielo y la tierra,
a callar la boca al que dijo infinito,
yo, no.

Pero si la suerte me pinta
y pienso que estoy aquí,
que se llenen de luces las alcaldías,
los barrios,
el sol,
los consejos mal parados
de alguien como yo,
y sabrás en este silencio,
de un poeta
-más loco que enfermo-
lo que bonito que es saber,
a qué sabe el verso.